Fin de viaje
Fin de viaje Por la mañana dejaron Santa Marina muy temprano, yendo en coche unos veinte kilómetros y en caballerías unos ocho. La excursión se componía de seis personas y llegó al margen del río al obscurecer el día. A buen trote, por entre los árboles, llegaron el señor y la señora Flushing, Helen Ambrose, Rachel, Terence y John Hirst. Las caballerías, cansadas, se detuvieron como de común acuerdo y los expedicionarios desmontaron. La señora Flushing, entusiasmada, dio unos pasos acercándose a la orilla del río. El día había sido caluroso, pero ella disfrutó yendo montada y respirando el aire libre. Dejó el hotel, que no le gustaba, y se encontraba a su gusto con los que le acompañaban en la expedición. El río mugía con ímpetu al correr en la obscuridad. Escasamente se distinguía la oscilante superficie. En el aire sonaba el ruido de las aguas. Se detuvieron en un espacio despejado que había entre unos grandes troncos. Sobre el río, una luz verde que subía y bajaba en suave movimiento les indicaba el lugar donde les aguardaba la lancha. Ya en ella y sobre la cubierta vieron que se trataba de una pequeña embarcación cuyo motor vibraba suavemente a sus pies y que arrancó pausadamente. Parecía que andaban por el corazón de la noche. Los árboles semejaban entrelazados ante ellos, se oía por todos lados el crujir de las hojas. La gran obscuridad ahuyentaba todo deseo de comunicarse. Sus palabras sonaban huecas e insignificantes. Después de recorrer la cubierta tres o cuatro veces formaron un grupo bostezando hondamente y mirando el paisaje sombrío que dejaban a su espalda.