Una habitacion propia
Una habitacion propia Pero sea cual fuere su causa, es un hecho que debemos deplorar. Porque significa —habÃa llegado a las hileras de libros de Mr. Galsworthy y Mr. Kipling— que algunas de las mejores obras de los mejores escritores vivientes caen en saco roto. Haga lo que haga, una mujer no puede encontrar en ellas esta fuente de vida eterna que los crÃticos le aseguran que está allÃ. No sólo celebran virtudes masculinas, imponen valores masculinos y describen el mundo de los hombres; la emoción, además, que impregna estos libros es incomprensible para una mujer. Está llegando, se está acumulando, está a punto de explotar en mi mente, empieza una a decirse antes del final. Aquel cuadro se le caerá en la cabeza al viejo Jolyon; morirá del susto; el viejo clérigo pronunciará sobre él algunas frases solemnes; y todos los cisnes del Támesis se pondrán a cantar a la vez. Pero una se escapará antes de que esto ocurra y se esconderá en las matas de grosellas, porque la emoción que a un hombre le parece tan profunda, tan sutil, tan simbólica, a una mujer la deja perpleja. Asà ocurre con los oficiales de Mr. Kipling que vuelven la espalda y con sus Sembradores que siembran la Semilla y con sus Hombres que están solos con su Trabajo; y la Bandera… Todas estas mayúsculas la hacen a una ruborizarse, como si la hubiesen sorprendido escuchando a escondidas en una orgÃa puramente masculina. Lo cierto es que ni Mr. Galsworthy ni Mr. Kipling tienen en ellos una sola chispa femenina. Todas sus cualidades, si se puede generalizar, le parecen, pues, crudas y poco maduras a una mujer. Carecen de poder sugestivo. Y cuando un libro carece de poder sugestivo, por duro que golpee la superficie de la mente, no puede penetrar en ella.