Sueño en el pabellón rojo
Sueño en el pabellón rojo —¿Y cómo iba yo a tener la audacia de dirigirme a él? —resopló la mujer—. El señor no hace más que lo que ustedes, las jóvenes de la casa, le dicen. ¿No es cierto? Aunque él estuviera dispuesto a conservar a mi hija, ustedes no se lo permitirÃan. ¡Si ahora mismo, a sus espaldas, acaban de llamarlo por su nombre! Ésa es seguramente una libertad que ustedes pueden permitirse, pero si alguna de nosotras lo hiciera lo pasarÃamos mal…
—¿De manera que lo llamé por su nombre? —Qingwen enrojeció de furia—. Pues muy bien, corre a denunciarme ante la Anciana Dama. Dile que me he vuelto loca y que me eche a mà también de esta casa.