La taberna

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Sin embargo, Coupeau no tenía ni un céntimo. Sin hacer alardes, deseaba comportarse como un hombre respetable. Pidió prestados cincuenta francos a su jefe. Con ese dinero compró primero el anillo de boda, un anillo de oro de doce francos que Lorilleux le consiguió a precio de fábrica por nueve francos. A continuación encargó una levita, un pantalón y un chaleco a un sastre de la calle Myrrha, al que sólo dio a cuenta veinticinco francos; sus zapatos de charol y su sombrero todavía podían servir. Cuando puso aparte los diez francos de la comida, su escote y el de Gervaise, a los niños no les iban a cobrar, le sobraron justo seis francos, lo que costaba una misa en el altar de los pobres. Desde luego, no le gustaban los cuervos, le partía el corazón tener que entregarles sus seis francos a esos sibaritas a los que no les hacían falta para tener el gaznate húmedo. Pero un casamiento sin misa, se diga lo que se diga, no era un casamiento. Fue personalmente a la iglesia a regatear; y durante una hora se estuvo peleando con un viejo pequeño cura, que vestía sotana sucia, más ladrón que una verdulera. Tenía ganas de darle un par de bofetones. Luego, en broma, le preguntó si no tendría, en su tienda, una misa de segunda mano, no demasiado usada, con la cual una inocente pareja pudiera salir de un apuro. El viejo pequeño cura, refunfuñando que a Dios no le haría ninguna gracia bendecir su unión, llegó a dejarle la misa en cinco francos. Se había ahorrado un franco. Le quedaba todavía otro.


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