La taberna

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La señora Boche tenía sin duda la intención de complacer a Gervaise. Lo cierto era que a menudo, cuando Adèle y Virginie tenían dinero, tomaba café con ellas. Gervaise no respondía; movía las manos de prisa, febrilmente. Acababa de preparar el azulete en un pequeño barreño que tenía un armazón de tres pies. Metía las piezas blancas en el agua teñida y las removía un poco en el fondo, adoptando el reflejo del agua un brillo lacado. Después de haberlas escurrido un poco, las colgó sobre los barrotes de madera. Mientras estuvo haciendo esta tarea procuró darle la espalda a Virginie. Pero oía sus risitas burlonas, sentía sobre ella sus miradas furtivas. Virginie parecía haber venido para provocarla. Habiéndose vuelto Gervaise un instante, se quedaron mirando las dos fijamente.

—No le haga caso —murmuró la señora Boche—. No vaya ahora a andar a la greña con ella… ¡Ya le digo que no hay nada! ¡Además no es ella!

En aquel momento, mientras la joven tendía su última pieza, se oyeron unas risas a la puerta del lavadero.

—¡Aquí hay dos niños que preguntan por su madre! —gritó Charles.


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