La taberna
La taberna Todas las mujeres volvieron la cabeza. Gervaise reconoció a Claude y a Étienne. Cuando la vieron, fueron corriendo hacia ella, entre los charcos, pisando ruidosamente las baldosas con los tacones de sus zapatos desatados. Claude, el mayor, llevaba cogido de la mano a su hermanito. Las lavanderas, a su paso, viéndoles un poco asustados, aunque sonrientes, les decÃan frases cariñosas. Allà estaban, delante de su madre, sin soltarse, alzando sus rubias cabecitas.
—¿Os manda papá? —les preguntó Gervaise.
Pero al agacharse para atarle los zapatos a Étienne, vio que Claude balanceaba en un dedo la llave de la habitación, con su número en la chapa de cobre.
—¡Me traes la llave! —dijo muy sorprendida—. ¿Por qué la traes?
El niño, reparando en la llave, que tenÃa olvidada en el dedo, pareció recordar y gritó con su fina vocecilla:
—Papá se ha ido.
—Ha ido a comprar la comida. ¿Os ha pedido que vinierais a buscarme aqu�
Claude miró a su hermano, vacilando, sin saber qué decir. Luego contestó de un tirón:
—Papá se ha ido… Se ha levantado de un salto de la cama, ha metido todas sus cosas en la maleta, la ha bajado a un coche… Se ha ido.