La taberna

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Gervaise, que estaba en cuclillas, se puso lentamente de pie, pálida, llevándose las manos a las mejillas y a las sienes, como si fuera a estallar su cabeza. No se le ocurrió más que una frase, que repitió, con el mismo tono, veinte veces:

—¡Ay, Dios mío!… ¡Ay, Dios mío!… ¡Ay, Dios mío!…

La señora Boche empezó a hacerle preguntas al niño, dichosa de hallarse en medio de aquella historia.

—Veamos, pequeño, me lo vas a contar todo… Ha sido él quien ha cerrado y os ha dicho que trajerais la llave, ¿verdad?

Y susurrando al oído de Claude:

—¿Había una señora en el coche?

El niño volvió a vacilar. Pero contó otra vez lo que había pasado, ufano de sí mismo:

—Se ha levantado de un salto de la cama, ha metido todas sus cosas en la maleta, se ha ido…

Luego, tan pronto la señora Boche lo soltó, se arrimó con su hermano al grifo. Se entretenían los dos haciendo correr el agua.


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