La taberna

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Gervaise no podía llorar. Se ahogaba, apoyada en la tina y cubriéndose la cara con las manos. La sacudían ligeros estremecimientos. De vez en cuando, se le escapaba un hondo suspiro y se apretaba con los puños los ojos, como para hundirse en la negrura de su desamparo. Tenía la sensación de estar cayendo al fondo de un agujero tenebroso.

—¡Vamos, hija, qué demonios! —murmuraba la señora Boche.

—¡Si usted supiera! ¡Si usted supiera! —dijo, por fin, a media voz—. Esta mañana me ha hecho llevar al Monte de Piedad mi chal y mis camisas para pagar ese coche…

Y se puso a llorar. El recuerdo de su ida al Monte de Piedad, precisando un episodio ocurrido aquella mañana, había hecho que brotaran de su garganta los sollozos que la oprimían.

Aquella ida era una ignominia que hacía más dolorosa su desesperación. Las lágrimas le llegaban hasta la barbilla, que ya había empapado con sus manos, y todavía no se había decidido a coger el pañuelo.


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