La taberna

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—Sea usted razonable y tranquilícese que la están mirando —le decía una y otra vez la señora Boche, mostrándose muy solícita—. ¿Es posible que se lleve este disgusto por un hombre?… Le sigue queriendo, ¿eh?, ¡pobrecita! Hace tan sólo un momento, estaba muy enfadada con él. Y ahora, ya ve usted, no hace más que llorar por él… ¡Dios mío, qué tontas somos!

A continuación, se mostró maternal.

—¡Una mujer tan bonita como usted! Si me permite que… Pero ahora se lo puedo contar todo, ¿verdad? Pues bien. Cuando pasé por debajo de su ventana, ¿recuerda?, ya lo barruntaba… Figúrese usted que anoche, cuando Adèle volvió a casa, oí los pasos de un hombre junto a los suyos. Quise enterarme y me asomé a la escalera. El individuo en cuestión ya había subido al segundo piso, pero yo reconocí la levita del señor Lantier. Mi marido, que esta mañana estaba al acecho, le ha visto bajar tranquilamente… Fue con Adèle, ¿se da cuenta? Virginie tiene ahora un señor, a cuya casa va dos veces a la semana. Lo que no acabo de explicarme es dónde habrá podido acostarse Virginie, porque ellas no tienen más que una salita y una alcoba.

Se detuvo un instante, y tras mirar a su alrededor, prosiguió con voz apagada:


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