La taberna

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—Esa desalmada se está riendo de verla llorar. Pondría la mano en el fuego que lo de venir a lavar ha sido una artimaña… Los ha metido en el coche y se ha venido aquí para luego contarles la cara que usted pondría.

Gervaise se apartó las manos de la cara y miró. Al ver frente a ella a Virginie, que cuchicheaba con tres o cuatro mujeres, observándola, fue presa de un arrebato de ira. Adelantando los brazos, buscando en el suelo, girando sobre sí misma, temblándole todo el cuerpo, dio unos pasos, se topó con un cubo lleno, lo cogió con las dos manos y lo vació echando el agua al aire.

—¡Eh! ¡Mal bicho! —gritó la grandullona Virginie.

Había dado un salto atrás, sólo se le habían mojado los botines. Ahora, el lavadero, que se hallaba alborotado por las lágrimas de la joven, se agolpaba para ver la pelea. Las lavanderas que acababan de comer se subieron a las tinas. Otras acudieron con las manos llenas de jabón. Se formó un círculo.

—¡Mal bicho! —repitió Virginie—. ¿Qué demonios le pasa a esa loca?

Gervaise, inmóvil, con la barbilla desafiante y la cara convulsa, no sabiendo aún cómo expresarse viperinamente en la jerga parisina, no respondía. La otra prosiguió:


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