La taberna
La taberna —¡Anda ya! Ésta se ha hartado de corretear por su tierra, no tenía ni doce años y ya servía de jergón a los soldados, se ha dejado una pata en el pueblo… ¡Se le ha caído de puro podrida!…
Se oyeron risas. Virginie, viendo su éxito, avanzó dos pasos y, pavoneándose, gritó más fuerte:
—¡Eh, tú! ¡Acércate un poco y verás cómo te arreglo las cuentas! A ver si te enteras de una vez que aquí no necesitamos que vengan a fastidiarnos… ¡A mí qué se me ha perdido con este pellejo! Si me llega a alcanzar, ya le habría levantado las faldas; habría sido una cosa de ver… ¿Di, vieja zorra, qué te he hecho yo?
—No hable tanto —balbució Gervaise—. Bien lo sabe… Anoche vieron a mi marido… Cállese, porque si no, de veras que la estrangulo.
—¡Su marido! ¡Ésa sí que es buena!… ¡El marido de la señora! ¡Como si con semejante pinta pudiera tener marido! ¡Si te ha dejado plantada, qué culpa tengo yo! Desde luego, yo no te lo he quitado. Que me registren… Te voy a decir la verdad, ¡a ese hombre le estabas amargando la vida! Era demasiado bueno para ti… ¿Cómo no le pusiste un collar? ¿Quién ha encontrado al marido de esta señora?… Se da recompensa…
Se volvieron a oír risas. Gervaise, casi en voz baja, se limitaba a murmurar: