La taberna

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—Bien sabe usted, bien sabe usted… Ha sido su hermana, la voy a estrangular, a su hermana…

—Sí, métete con mi hermana —replicó Virginie, burlona—. ¡Conque es mi hermana! Podría ser, pues mi hermana tiene más encantos que tú… ¡Pero qué tiene esto que ver conmigo! ¿Es que no puede una lavar tranquilamente su ropa? ¡Mira, déjame en paz, que ya basta!

Y fue ella la que volvió, después de haber dado cinco o seis paletadas, embriagada por los insultos, fuera de sí. Se calló y luego, hasta tres veces, volvió a empezar de esta manera:

—¡Y bien!, sí, ha sido mi hermana. ¿Ya estás contenta?… Se adoran. ¡Hay que verles cómo se besuquean!… ¡Y te ha dejado con tus bastardos! ¡Unos mocosos que tienen la cara llena de costras! ¡Uno lo tuviste con un gendarme!, ¿verdad? Y has dejado morir a otros tres, porque no querías tanto equipaje para venirte… Nos lo ha contado tu Lantier. ¡Sí!, nos ha contado muchas cosas. ¡Estaba harto de tus huesos!

—¡Puerca! ¡Puerca! ¡Puerca! —rugió Gervaise fuera de sí y presa de nuevo de una gran furia.

Se volvió y buscó nuevamente por el suelo. Como no encontró nada más que el pequeño barreño, lo cogió por los pies y le echó el agua del azulete a la cara de Virginie.


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