La taberna

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Gervaise, en efecto, se mostraba a veces un poco ruda con ella. Como la tienda iba de mal en peor, todos perdían la calma y a la primera de cambio se mandaban a paseo. Coupeau, una mañana que se levantó con mucha resaca, había llegado a decir: «¡La vieja siempre dice que se va a morir y nunca se muere!», lo cual hirió en lo más hondo a mamá Coupeau. Le echaban en cara lo mucho que les costaba mantenerla y decían con la mayor tranquilidad que si no tuvieran que cargar con ella, ahorrarían mucho dinero. A decir verdad, ella tampoco se comportaba como era debido. Cuando veía a su hija mayor, la señora Lerat, no se quedaba con nada en el cuerpo, acusando a su hijo y a su nuera de dejarla morir de hambre; y todo ello para sacarle un franco que se gastaba en golosinas. Contaba también chismes incalificables a los Lorilleux, explicándoles dónde iban a parar sus diez francos, que se gastaba la lavandera en caprichos, en cofias nuevas, en pasteles que se comía a escondidas y en otras cosas que no se atrevía a mencionar. Dos o tres veces estuvo en un tris de provocar una pelea entre toda la familia. Tan pronto estaba con unos como con otros; en fin, aquello era un embrollo.

En el peor momento de su crisis, ese invierno, una tarde en que la señora Lorilleux y la señora Lerat habían coincidido delante de su cama, mamá Coupeau les guiñó el ojo para que se acercaran. Apenas podía hablar. Les susurró en voz baja:


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