La taberna

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—¡Buena la han hecho!… Esta noche les he oído. Sí, sí, la Cojitranca y el sombrerero… ¡Han armado un jaleo! ¡Pobre Coupeau! ¡Qué indecencia!

Les relató, con frases entrecortadas, tosiendo y ahogándose, que su hijo la noche anterior debió llegar a casa completamente borracho. Como ella estaba despierta, pudo oír perfectamente todos los ruidos: los pies descalzos de la Cojitranca correteando por las baldosas, la voz siseante del sombrerero que la llamaba, la puerta de comunicación cerrada silenciosamente, y lo demás. La cosa debió durar hasta que se hizo de día, no sabía la hora exacta porque, a pesar de sus esfuerzos, se había quedado dormida.

—Lo más repugnante es que Naná puede haberlo oído todo —continuó—. Ella, que normalmente duerme a pierna suelta, ha estado esta noche muy intranquila, saltando y dando vueltas como si tuviera la cama llena de ascuas.

Las dos mujeres no parecieron sorprendidas.

—¡Pues claro! —murmuró la señora Lorilleux—, eso debió empezar el primer día… Pero como a Coupeau no le importa, no tenemos por qué meternos nosotras. De todos modos, no es muy honroso para la familia.


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