La taberna
La taberna El barrio entero supo en seguida que, cada noche, Gervaise se reunía con Lantier. La señora Lorilleux adoptaba, ante las vecinas, una ruidosa indignación; compadecía al bobalicón de su hermano, a quien su mujer le estaba adornando la cabeza escandalosamente; y se le oía decir que si todavía metía los pies en esa pocilga, tan sólo lo hacía por su pobre madre, que estaba obligada a vivir en medio de tales desvergüenzas. A partir de entonces, el vecindario la emprendió con Gervaise. Era ella la que había pervertido al sombrerero. Se le veía en la cara. Sí, a pesar de las malas lenguas, el hipocritón de Lantier no dejó de ser admirado, porque continuaba dándoselas de hombre de mucho mundo, andando por la calle leyendo el periódico, solícito y galante con las señoras, regalando continuamente confites y flores. A fin de cuentas él hacía su papel de gallo; un hombre es un hombre y no se le puede pedir que resista a las mujeres que se le echan al cuello. Pero ella no tenía perdón; ella era la deshonra de la calle de la Goutte-d’Or. Y los Lorilleux, como padrinos de Naná, la llevaban a su casa para que les contara detalles. Cuando la interrogaban de manera solapada, la pequeña se hacía la tonta y contestaba apagando la llama de sus ojos con sus grandes y tiernos párpados.