La taberna
La taberna En medio de aquella pública indignación, Gervaise vivía tranquila, cansada y un poco adormecida. Al principio, se había sentido culpable, indecente, y había tenido asco de sí misma. Cuando salía de la habitación de Lantier se lavaba las manos, mojaba un paño y se frotaba los hombros hasta lastimárselos, queriendo quitarles la suciedad. Si Coupeau entonces intentaba bromear, ella se enfadaba y corría tiritando a vestirse al fondo de la tienda; y no le permitía al sombrerero que la tocara después de que su marido le había dado un beso. Habría querido cambiar de piel al cambiar de hombre. Pero, poco a poco, fue acostumbrándose. Era demasiado pesado tener que restregarse cada vez. La pereza la ablandaba; la necesidad de ser feliz le hacía sacar lo mejor posible de su situación. Era complaciente consigo misma y con los demás; pretendía únicamente disponer las cosas de manera que nadie se sintiera demasiado molesto. Con tal de que su marido y su amante estuvieran contentos, que la casa continuara la rutina, que lo pasaran bien durante todo el día, que estuvieran felices y satisfechos de la vida y se tumbaran a la bartola, no había de qué quejarse. Al fin y al cabo, no debía estar tan mal lo que hacía, ya que se las arreglaban tan a la satisfacción de todos; normalmente, se es castigado cuando se obra mal. Su desenfreno se había convertido en costumbre. Los días estaban regulados como el comer y el beber; cada vez que Coupeau volvía borracho a casa, ella se iba al cuarto de Lantier, lo cual pasaba, al menos, los lunes, los martes y los miércoles. Compartía las noches de los dos. Ella había incluso terminado por dejar al cinquero en medio de la noche, cuando roncaba demasiado fuerte, yéndose a dormir con toda tranquilidad a la cama del vecino. No era que sintiera más afecto por el sombrerero. No, sólo que le encontraba más limpio, descansaba mejor en su habitación, donde creía estar tomando un baño. En fin, era como las gatas, que les gusta arrellanarse en la ropa limpia.