La taberna
La taberna Mamá Coupeau nunca se atrevió a hablar de aquello abiertamente. Pero después de una discusión en la que la lavandera la había puesto verde, la vieja no le escatimó las alusiones. Aseguraba conocer a hombres muy tontos y a mujeres muy tunantas; y mascullaba otras palabras más fuertes, con el desparpajo de una antigua chalequera. Al principio, Gervaise se la quedaba mirando fijamente, sin contestar. Luego, evitando ella también precisar, se defendía con razones dichas en términos generales. Cuando una mujer estaba casada con un borracho, un marrano que vivía entre la podredumbre, bien se le podía perdonar que buscase la limpieza en otra parte. Iba más lejos aún; daba a entender que Lantier era tan marido suyo como Coupeau, o incluso más. ¿No lo había conocido a los catorce años? ¿No tenía dos hijos suyos? ¡Pues bien!, en semejantes condiciones todo se debía disculpar, nadie le podía echar la primera piedra. Decía obrar según la ley de la naturaleza. Además, era mejor que no se metieran con ella. Era capaz de cantarle a más de uno las cuarenta. ¡En la calle de la Goutte-d’Or no era todo trigo limpio! La señora Vigouroux se pasaba el día dando brincos en su carbonería. La señora Lehongre, la mujer del tendero de ultramarinos, se acostaba con su cuñado, un baboso a quien nadie habría recogido ni con la punta de una pala. El relojero de enfrente, ese señor encogido, estuvo a punto de ser llevado a los tribunales por algo abominable: tenía relaciones con su propia hija, una mala pécora que rondaba por los bulevares. Y extendiendo el brazo, señalaba al barrio entero, necesitaría una hora para sacar a relucir los trapos sucios de todas esas gentes, que dormían como animales, amontonados, padres, madres, hijos, revolcándose en su inmundicia. ¡Ah, ella sabía bien que la porquería manaba por todas partes y emponzoñaba las casas de alrededor! ¡Sí, sí, el trato entre hombres y mujeres era algo de ver en este rincón de París, en donde se vivía uno encima del otro a causa de la miseria! Si hubieran metido a los dos sexos en un mortero, no habrían sacado más que estiércol para los cerezos de la llanura de Saint-Denis.