La taberna

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Cuando Gervaise se despertó, a eso de las cinco, entumecida y con la espalda dolorida, prorrumpió en sollozos. Lantier no había vuelto. Era la primera vez que no dormía en casa. Permaneció sentada en el borde de la cama, bajo los jirones de desteñida cretona que colgaban de una varilla atada al techo con una cuerda. Y, lentamente, con los ojos anegados en lágrimas, iba pasando revista a la miserable habitación, amueblada con una cómoda de nogal a la que faltaba un cajón, con tres sillas de anea y con una mugrienta mesilla sobre la que había un jarro desportillado. Para los niños hubo que acomodar una cama de hierro, que atrancaba la cómoda y ocupaba dos tercios de la habitación. La maleta de Gervaise y de Lantier, abierta de par en par en un rincón, mostraba sus flancos vacíos y un viejo sombrero enterrado al fondo bajo unas camisas y calcetines sucios; del respaldo de los muebles, a lo largo de las paredes, colgaban un chal agujereado, un pantalón roído por el barro, pingos que ni los chamarileros querrían. Sobre la chimenea, entre dos candeleros de cinc que no hacían juego, había un fajo de papeletas de empeño del Monte de Piedad de color rosa suave. Era la mejor habitación del hotel, la del primer piso, que daba a la calle.




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