La taberna
La taberna Mientras tanto, los dos niños dormían uno junto al otro sobre la misma almohada. Claude, que tenía ocho años, había sacado sus manitas de debajo del cobertor y respiraba lentamente; Étienne, de tan sólo cuatro años, sonreía abrazado al cuello de su hermano. Cuando la mirada nublada de su madre reparó en ellos, le sobrevino una nueva crisis de sollozos. Se apretó un pañuelo contra la boca para ahogar los quejidos que se le escapaban. Y, descalza, sin pensar en ponerse las chanclas que se le habían caído, volvió a acodarse en la ventana donde recomenzó su acecho nocturno, dirigiendo ansiosas miradas a lo lejos, hacia las aceras.