La taberna

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El hotel estaba situado en el bulevar de la Chapelle, a la izquierda de la barrera Poissonnière. Era una casucha de dos plantas que, hasta la segunda, estaba pintada de un color rojo heces de vino y tenía las persianas podridas por la lluvia. Sobre una farola de cristales resquebrajados, entre las dos ventanas, se podía leer con dificultad: Hotel Boncoeur, propietario Marsouiller, en grandes letras amarillas de las que el moho del enyesado se había comido algunos pedazos. Gervaise, a quien estorbaba la farola, se ponía de puntillas, con el pañuelo en los labios. Miró a la derecha, por el lado del bulevar de Rochechouart, donde estaban colocados unos cuantos carniceros con los mandiles salpicados de sangre delante de sus puestos; el viento fresco le hacía llegar, de vez en cuando, un olor hediondo a reses degolladas. Hacia la izquierda, recorrió con la mirada un largo trecho de avenida, y se fijó en la blanca masa, casi enfrente de ella, del hospital de Lariboisière[3], entonces en construcción. Lentamente, de uno a otro extremo del horizonte, siguió con los ojos los muros del fielato[4], tras los cuales oía a veces por la noche gritos de gente asesinada; escudriñaba los más apartados y sombríos rincones, ennegrecidos por la humedad y la cochambre, temiendo descubrir allí el cadáver de Lantier con el vientre cosido a navajazos. Cuando alzó la vista sobre aquella muralla gris e interminable que rodeaba la ciudad con una franja desértica, atisbó un inmenso resplandor, un polvo de sol lleno ya de los primeros fragores matinales de París. Pero ella volvía continuamente a la barrera Poissonnière, estirando el cuello, viendo aturdida el espectáculo, entre las pesadas moles de los dos pabellones del fielato, del flujo constante de hombres animales y carretas que bajaban de las alturas de Montmartre y de la Chapelle. Los obreros, en un interminable desfilar camino del trabajo, con las herramientas a la espalda y las fiambreras bajo el brazo, en tropel, como si se tratase de un rebaño que había sido precipitadamente lanzado a la calle, se internaba en París, en donde, de una manera continua, iba desapareciendo. Cuando Gervaise creyó reconocer en medio de todo aquel enjambre a Lantier se asomó más, aun a riesgo de caer; luego apretó con más fuerza su pañuelo contra la boca, como si quisiera reprimir su dolor.


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