La taberna
La taberna Una voz juvenil y risueña la forzó a abandonar la ventana.
—El patrón no está en casa, ¿verdad, señora Lantier?
—No, señor Coupeau —respondió ella, intentando sonreÃr.
El que acababa de entrar era un cinquero que ocupaba, en el último piso del hotel, una pequeña habitación de diez francos. Llevaba colgado a la espalda su morral. Habiendo visto la llave en la puerta, entró como un amigo.
—Ya sabe —añadió— que ahora trabajo ahÃ, en el hospital… ¡Vaya mes de mayo que tenemos! Está la mañana fresquita.
Mientras hacÃa estos comentarios miraba la cara, enrojecida por el llanto, de Gervaise. Cuando se dio cuenta de que la cama no estaba deshecha, movió ligeramente la cabeza; luego se acercó a la cama de los niños que seguÃan durmiendo con sus caras rosadas de querubines; y, en voz baja, le dijo a Gervaise:
—El patrón no se porta bien, ¿verdad?… No se aflija, señora Lantier; está muy metido en polÃtica; el otro dÃa, cuando salió elegido Eugène Sue[5], un buen tipo, según parece, estaba como enloquecido. A lo mejor ha pasado la noche con amigos hablando mal de ese sinvergüenza de Bonaparte[6].