La taberna

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—¡Oh, no!, ¡muchas gracias! ¡Como si no hubiese nadie más que yo! —dijo tranquilamente—. Para que me arañen un ojo como el otro día, ¿verdad?… Yo no estoy aquí para estas cosas, tendría demasiado trabajo… ¡Deje, no se preocupe! ¡Una pequeña sangría no les vendrá mal! Esto las ablandará.

La portera habló entonces de avisar a la guardia municipal. Pero la dueña del lavadero, la mujercita enclenque de los ojos enfermizos, se opuso rotundamente. Repitió varias veces:

—No, no, no quiero; eso compromete la buena reputación de la casa.

En el suelo, la pelea continuaba. De pronto, Virginie se puso de rodillas. Acababa de recoger una paleta y la enarboló con aire amenazador. Resollaba, con la voz cambiada:

—¡Espera, ahora habrá palo! ¡Prepara tu ropa sucia!

Gervaise, rápidamente, alargó el brazo, cogió también una paleta, la levantó como una cachiporra. Y ella también tenía la voz ronca.

—¡Conque quieres la gran colada!… ¡Pues dame tu pellejo, que haré trapos con él!


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