La taberna
La taberna Durante un momento, permanecieron así, de rodillas, amenazándose. Con los cabellos por la cara, jadeantes, fangosas, tumefactas, recobrando el aliento, se acechaban. Gervaise dio el primer golpe; su paleta resbaló en el hombro de Virginie. Y se echó a un lado para esquivar la paleta de ésta, que le rozó la cadera. Y metidas ya en harina, se golpearon como las lavanderas golpean la ropa, brutal y acompasadamente. Cada vez que acertaban, el ruido de los golpes se amortiguaba. Parecían manotazos dados en un cubo de agua.
Alrededor de ellas, las lavanderas ya no se reían más. Varias se habían ido, diciendo que aquello les revolvía el estómago; las que se habían quedado alargaban ansiosas el cuello, un fulgor de crueldad les iluminaba los ojos, y encontraban estupendas a aquellas gallardas hembras. La señora Boche se había llevado a Claude y a Étienne; al fondo, se oían sus sollozos mezclados con el ruidoso choque de las dos paletas.
Pero Gervaise, de repente, dio un alarido. Virginie acababa de alcanzarla de lleno en un brazo, por encima del codo. Le salió una mancha roja; en seguida se le hinchó la carne. Entonces, se abalanzó sobre la otra. Todas pensaron que quería matarla:
—¡Basta!, ¡basta! —gritaron.