La taberna
La taberna Ponía una cara tan terrible que nadie se atrevió a acercársele. Acrecentadas sus fuerzas por la ira, dobló a Virginie por la cintura, metió su cara contra las baldosas y sus nalgas hacia arriba. A pesar de sus sacudidas, le levantó completamente las faldas. Llevaba debajo un pantalón. Introduciendo la mano en la abertura, lo rompió y puso al descubierto sus muslos y sus nalgas. Entonces, levantando la paleta, empezó a golpearla como lo hiciera antaño en Plassans; a orillas del Viorne, cuando su ama lavaba la ropa del cuartel. El madero caía sobre las blandas carnes produciendo un ruido mojado. Cada uno de los golpes acardenalaba la blanca piel.
—¡Huy!, ¡huy! —exclamaba Charles, el mozo, maravillado, abriendo desmesuradamente los ojos.
Las risas se propagaron de nuevo. Pero en seguida el grito: «¡Basta!, ¡basta!», volvió a entonarse. Gervaise ni escuchaba ni se cansaba. Estaba pendiente de su tarea, inclinada hacia adelante, procurando no dejar seco ni un trozo. Quería que toda esa piel fuera azotada y desollada. Y, presa de una alegría feroz, recordando una canción de lavandera, canturreaba:
—¡Pam! ¡Pam! Margot la lavandera… ¡Pam! ¡Pam!, a golpes de madera… ¡Pam! ¡Pam!, lava su corazón… ¡Pam! ¡Pam!, negro de desolación…
Y proseguía: