La taberna

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—Éste es para ti, éste es para tu hermana, éste es para Lantier… Cuando les veas, se los das… ¡Ojo!, vuelvo a empezar. Éste es para Lantier, éste es para tu hermana, éste es para ti… ¡Pam! ¡Pam! Margot la lavandera… ¡Pam! ¡Pam!, a golpes de madera…

Tuvieron que quitarle a Virginie de las manos. La morena, bañada la cara en lágrimas y roja como un tomate, avergonzada, cogió su ropa y huyó; había sido derrotada. Gervaise, por su parte, tanteaba la manga rota de su camisola y se sujetaba la falda. Le dolía mucho el brazo y pidió a la señora Boche que le colocase la ropa en el hombro. La portera comentaba la pelea, hablaba de sus emociones, le pedía que le mostrara su cuerpo para examinarlo.

—No me extrañaría que tuviese algún hueso roto… He oído un crujido…

Pero la joven sólo pensaba en marcharse. No hacía caso de las muestras de conmiseración, ni de la salva de palabras de las lavanderas que la rodeaban, erguidas dentro de sus delantales. Tan pronto tuvo la ropa en el hombro, se dirigió a la puerta donde la esperaban sus hijos.

—Son dos horas; me debe diez céntimos —le dijo, deteniéndola, la encargada del lavadero, que había vuelto a instalarse en su cabina acristalada.


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