La taberna
La taberna ¿Por qué diez céntimos? No comprendía que le pidieran el precio de su plaza. Pero dio los diez céntimos. Y cojeando mucho por el peso de la ropa mojada que colgaba de su hombro, se fue chorreando, con el codo amoratado y con la mejilla ensangrentada. Sus brazos desnudos tiraban de Étienne y Claude, que tenían que ir al trote, todavía muy alterados y con las caras sucias por las lágrimas.