La taberna
La taberna Detrás de ella, el lavadero recobró su intenso fragor de esclusa. Las lavanderas habían terminado de comerse el pan y de beberse el vino. Golpeaban más fuerte. Les relucía la cara. Se sentían estimuladas con la gresca de Gervaise y Virginie. A lo largo de las tinas, una vez más, bullían los brazos, los perfiles angulosos de marionetas con las espaldas rotas, los hombros dislocados. Sus cuerpos cedían con ímpetu, como si tuvieran goznes. Las conversaciones proseguían en los pasillos. Las voces, las risas, las palabrotas, se confundían con el gorgoteo del agua. Los grifos escupían, los cubos encharcaban el suelo, un arroyo fluía debajo de las pilas. Era el trajín de la tarde, aquel moler a golpes de paleta la ropa. En la espaciosa sala, los vapores, horadados solamente por rayos de sol, balas de oro que los desgarrones de las cortinas dejaban filtrar, adquirían un color rojizo. Se respiraba el tibio aire sofocante del olor a jabón. De pronto, el cobertizo se llenó de un vaho blanquecino. La tapadera de la caldera en donde hervía el agua de la colada se levantaba mecánicamente por medio de un engranaje; su cavidad de cobre, revestida con mampostería, despedía torbellinos de vapor de un sabor azucarado a potasa. Las escurrideras centrifugas estaban en marcha; la ropa, en los cilindros de hierro colado, sacaba agua a cada vuelta de rueda de la máquina que estaba jadeando, echando humo, haciendo vibrar el lavadero con los movimientos bruscos e incesantes de sus brazos de acero.