Maria Estuardo
Maria Estuardo Al comienzo de este segundo acto vuelve a aparecer Darnley, también él transformado hacia lo trágico. Aparece solo, porque nadie le da, a él que los ha traicionado a todos, ni su confianza ni un saludo sincero. Una profunda amargura, una furia impotente revuelve el alma de este ambicioso joven. Ha hecho lo máximo que un hombre podía hacer por una mujer, pero creía obtener a cambio al menos gratitud, un poco de humildad, entrega y quizá incluso amor. En vez de eso, Darnley sólo encuentra en María Estuardo una acrecentada repugnancia, en cuanto ya no le necesita. La reina se mantiene implacable. Para vengarse del traidor, los lores huidos le habían hecho llegar secretamente la carta de compromiso en la muerte de Rizzio firmada por Darnley, para que advirtiera la complicidad de su esposo. Sin duda este bond no le dice nada nuevo a María Estuardo, pero cuanto más desprecia el lado traicionero y cobarde de Darnley tanto menos puede perdonarse esta orgullosa mujer haber amado alguna vez semejante belleza hueca. En él odia a un tiempo su propio error, hace mucho que el hombre que hay en Darnley le da asco como una criatura viscosa y pegajosa, como una serpiente, un caracol, al que no se quiere ni tocar con la mano, y no digamos dejar que se acerque al cuerpo cálido y vivo. Su presencia y su existencia le pesan en el alma como una pesadilla. Una sola idea domina sus días y sus noches: ¿cómo quitárselo de encima, cómo librarse de él?