Maria Estuardo
Maria Estuardo Por eso le odian, por eso le temen los otros hombres, pero esa fuerza desnuda, clara, brutal, le da un poder inconmensurable sobre las mujeres. No sabemos si este seductor fue guapo; no nos ha quedado ningún retrato fiable de él (y, sin embargo, uno se lo imagina involuntariamente pintado por Franz Hals, como uno de esos desafiantes y osados guerreros, con el sombrero echado hacia el rostro, la mirada descarada y directa). Algunas fuentes dicen que era de una fealdad repelente. Pero para ganarse a las mujeres no se necesita belleza, ya el fuerte aroma de lo varonil que emana de tales naturalezas, lo salvaje y arrogante, lo violento y desconsiderado, el aura de la guerra y la victoria, actúan como seducción sensual; a ningún hombre aman las mujeres con más pasión que a aquel al que a un tiempo temen y admiran, aquel en el que una ligera y cosquilleante sensación de espanto y peligro aumenta el placer al hacerlo misterioso. Cuando uno de esos hombres no es sólo un mâle, un animal salvaje como un toro, sino que, como sucede en Bothwell, la brutalidad desnuda está por así decirlo envuelta en una cultura cortesana, en una cultura personal, si además le son propias la inteligencia y la desenvoltura, su violencia se vuelve irresistible. Este aventurero tiene sus aventuras por doquier, y en apariencia sin esfuerzo. En la corte francesa es famosa su popularidad, ya se ha hecho con algunas damas nobles del círculo de María Estuardo, en Dinamarca una mujer le ha sacrificado su esposo, sus bienes y su dinero. Pero a pesar de todos esos triunfos Bothwell no es en modo alguno un verdadero seductor, un donjuán, un cazador de mujeres, porque no las caza en serio. Las victorias de esta naturaleza son demasiado poco peligrosas y demasiado fáciles para su naturaleza de luchador. Bothwell toma a las mujeres a la manera rapaz de los vikingos, sólo como botín ocasional, las toma en cierto modo de pasada, igual que bebe y juega o monta a caballo y pelea, como una prueba de fuerza para aumentar la intensidad de la vida, como el más viril de los juegos viriles, las toma pero no se entrega a ellas, no se pierde en ellas. Las toma porque tomar y tomar con violencia es la forma más natural de su ansia de poder.