Maria Estuardo
Maria Estuardo Este completo dejar caer a Darnley, este abrupto cambio del calor al frÃo, puede ser comprensible desde la repugnancia espiritual de la mujer, pero manifestar su desprecio de forma tan pública fue una necedad polÃtica de la reina. La razón le imponÃa dejar a ese vanidoso y codicioso por lo menos un hilo de prestigio, y no exponerlo de forma tan implacable a la descarada ofensa de los lores. Porque siempre el insulto tiene el mal efecto de sacar fortaleza hasta de los más débiles; también Darnley, hasta ahora meramente blando, se va haciendo perverso y peligroso. No puede contener su amargura por más tiempo. Cuando sale a cabalgar durante dÃas enteros con sirvientes armados —desde el asesinato de Rizzio ha aprendido a ser cauteloso—, los invitados a sus cacerÃas escuchan abiertas amenazas contra Moray y alguno de los lores. Escribe por propia iniciativa cartas diplomáticas al extranjero, en las que inculpa a MarÃa Estuardo de ser «poco segura en la Fe» y se ofrece a Felipe II como verdadero protector del catolicismo. Como nieto de Enrique VII, exige su derecho al poder y a tener voz, y por plana y blanda que pueda ser su alma de niño, en su fondo más profundo arde un titilante sentido del honor. Sólo se puede llamar falto de carácter, no de honor, a este infeliz, y probablemente Darnley cometió hasta los más despreciables de sus actos por ambición contrariada, por una sobreexcitada voluntad de importancia. Finalmente —el arco se ha tensado demasiado— el rechazado toma una decisión desesperada. A finales de septiembre, cabalga repentinamente de Holyrood a Glasgow, sin ocultar su intención de abandonar Escocia y marcharse al extranjero. Ya no juega, dice. Le niegan el poder que le corresponde como rey; bien, entonces les tira el tÃtulo a la cara. No se le concede un cÃrculo de influencia digno en el reino y en su casa; bien, entonces se va del palacio real y de Escocia. Por orden suya, hay un barco en el puerto constantemente listo para zarpar.