Maria Estuardo
Maria Estuardo De manera implacable, como después de la noche de Rizzio, el engañado tiene que pagar un amargo precio. Darnley, que ya vuelve a sentirse amo y señor, se encuentra de repente en la sala de recepciones al embajador francés y a los lores: María Estuardo, exactamente igual que Isabel para la comedia con Moray, se ha procurado testigos. Ante ellos, en voz alta e insistente, pregunta a Darnley «for God’s sake» por qué quería abandonar Escocia, y si ella le había dado algún motivo para hacerlo. Es una dura sorpresa para Darnley, que se siente aún amante y amado, ser llevado como un acusado ante los lores y el embajador. El alto muchacho, con su pálido y lampiño rostro infantil, se queda allí sombrío. Si fuera un hombre de verdad, tallado en dura madera, ahora sería el momento de dar un paso al frente, exponer sus quejas en tono imperativo y presentarse ante esa mujer y ante sus súbditos como juez y rey, en vez de como acusado. Pero, con su corazón de cera, no se atreve a oponer resistencia. Como sorprendido en una mala acción, como un colegial que teme que en cualquier momento se le salten lágrimas de ira impotente, Darnley se queda en medio de la gran sala, se muerde los labios y calla y calla. No da respuesta alguna. No acusa, pero tampoco se disculpa. Poco a poco los lores, incomodados por ese silencio, empiezan a decirle cortésmente que cómo podía abandonar «so beautiful a queen and so noble a realm». Pero en vano; Darnley no se digna darles respuesta. Ese silencio lleno de terquedad y secreta amenaza resulta cada vez más agobiante para los congregados, se siente que el desdichado tan sólo se contiene a duras penas para no salir corriendo, y sería una terrible derrota para María Estuardo que reuniera las fuerzas para mantener ese fuerte y acusador silencio. Pero Darnley es débil. Como el embajador y los lores le apremian una y otra vez «avec beaucoup de propos», al fin se deja arrancar, en voz baja y disgustada, la confesión de que no, su esposa no le ha dado ningún motivo para irse. María Estuardo no quería más que esa declaración, que le pone a él en situación de haber sido injusto. Ahora su buena fama ha quedado asegurada ante el embajador francés. Ahora puede volver a sonreír tranquila y constatar, con un movimiento de la mano que marca el final de la reunión, que esa declaración de Darnley le satisface por completo.