Maria Estuardo
Maria Estuardo Pero Darnley no está satisfecho; la vergüenza le oprime el corazón por haber sucumbido una vez más a esta Dalila, por haberse dejado arrancar del bastión de su silencio. El entonces seducido y engañado tiene que sentir un inconmensurable tormento cuando ahora, con gesto altivo, se le «perdona» en cierto modo, mientras probablemente él tendría más razones para haber podido representar el papel de acusador. Demasiado tarde, recobra algo de compostura. Interrumpe abruptamente la conversación. Sin un saludo de cortesía hacia los lores, sin abrazar a su mujer, duro como un heraldo que entrega una declaración de guerra, sale de la estancia. Sus únicas palabras de despedida son: «Madame, no volveréis a verme tan pronto». Pero los lores y María Estuardo se sonríen aliviados los unos a los otros, porque ese proud fool, que ha venido rebelde y descarado, vuelve a irse con la cabeza baja; su amenaza ya no asusta a nadie. Si quiere mantenerse lejos, cuanto más mejor para él y para todos.