Maria Estuardo
Maria Estuardo ¡Pero no! Vuelve a necesitarse al que no se necesitaba para nada. Vuelve a llamarse con urgencia a aquel al que nadie quiere en casa. Tras largo retraso, el 16 de diciembre ha de tener lugar, en el castillo de Stirling, el solemne bautizo del joven prÃncipe. Se han hecho grandiosos preparativos. Desde luego Isabel, la madrina, no ha venido en persona —durante toda su vida evitó cualquier ocasión de encontrarse con MarÃa Estuardo— pero, superando excepcionalmente su famoso carácter ahorrativo, ha enviado un valioso regalo con el conde de Bedford, una pesada pila bautismal con preciosos repujados de oro puro, con el borde cubierto de joyas. Están presentes los embajadores de Francia, España y Saboya, ha acudido la nobleza entera; aquel que tiene nombre y prestigio no quiere faltar en esta fiesta. De tan representativo despliegue no se puede, ni con la mejor voluntad, excluir a un personaje sin duda en sà mismo insignificante, Henry Darnley, el padre del niño, el soberano del paÃs. Pero Darnley, que sabe que se le necesita por última vez, no se deja atrapar tan fácilmente. Ya ha sufrido bastante vergüenza en público, sabe que el embajador inglés tiene órdenes de negarle el tÃtulo de «Majestad», y el francés, al que quiere visitar en sus aposentos, le manda decir, con asombroso atrevimiento, que saldrá por una puerta de la estancia en cuanto Darnley entre por la otra. Por fin, el orgullo se revuelve en el pisoteado; naturalmente, sus energÃas sólo alcanzan para un gesto de enfurruño infantil. Pero esta vez el gesto es eficaz. Darnley se queda en el castillo de Stirling, pero no se muestra en público. Opone resistencia con su ausencia. De manera ostentosa, no sale de sus aposentos, no participa en el bautizo de su hijo, en el baile, en la fiesta y el baile de máscaras; en vez de él —un murmullo de irritación recorre las filas— es Bothwell, el odiado favorito, el que recibe a los invitados vestido con nuevos y espléndidos ropajes, y MarÃa Estuardo tiene que desbordar amabilidad y simpatÃa para que nadie piense en el esqueleto que hay en la casa, en el señor, padre y esposo que en el piso de arriba se sienta en un cuarto cerrado y ha logrado arruinar la fiesta a su mujer y a sus amigos. Una vez más, ha vuelto a demostrar que está ahÃ, que sigue ahÃ; precisamente con su ausencia, Darnley se hace presente por última vez.