Maria Estuardo
Maria Estuardo Pero —éste es el último argumento de sus defensores à tout prix— ¿y si precisamente con este viaje MarÃa Estuardo querÃa liquidar el desdichado pleito? ¿Y si sólo habÃa ido hasta su cabecera para reconciliarse con él? Pero, por desgracia, también esta ultimÃsima interpretación favorable para ella queda aniquilada por un documento de su propia mano. Porque un dÃa antes de partir hacia Glasgow, esta imprudente —nunca pensó MarÃa Estuardo que sus cartas darÃan testimonio en contra suya frente a la posteridad—, en una carta al arzobispo Beaton, se manifiesta del modo más odioso e irritado acerca de Darnley: «En lo que concierne al rey nuestro señor, Dios sabe cómo nos hemos comportado siempre con él, y no saben menos Dios y el mundo de sus intrigas e injusticias hacia nosotros; todos nuestros súbditos lo han visto, y no dudo de que le condenan en sus corazones». ¿Habla asà la voz cordial de la reconciliación? ¿Es ésta la actitud de una mujer amante que corre preocupada junto a su esposo enfermo? Y, segunda circunstancia irrefutablemente inculpatoria, MarÃa Estuardo no emprende este viaje sólo para visitar a Darnley y regresar a casa, sino con la decidida intención de devolverlo enseguida a Edimburgo: ¡también eso es demasiada preocupación como para resultar honesta y convincente! Porque ¿acaso no se burla de todas las leyes de la medicina y de la razón sacar de su cama a un enfermo de varicela, un enfermo de fiebres, cuyo rostro aún está completamente hinchado, y transportarlo en lo más duro del invierno, en enero y en un coche abierto, a la distancia de dos dÃas de viaje? Pero MarÃa Estuardo ha llevado consigo un carromato para quitar a Darnley toda posibilidad de objeción y llevarlo asà lo antes posible a Edimburgo, donde la conjura asesina contra él está en plena marcha.