Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Y ahora, por la noche, se sienta sola en su oscuro dormitorio, frío y vacío, las velas parpadean fantasmagóricas, y hay tal silencio en el aposento que se oyen sus más secretos pensamientos y los suspiros de su conciencia pisoteada. No puede dormir, no puede descansar, la necesidad de confiar a alguien el peso que lleva sobre su alma, de hablar con alguien, se hace inmensa en ella en esta última y más solitaria angustia. Y como no está cerca él, el único en el mundo al que puede hablar de todas estas cosas que nadie más que él puede saber, de estas cosas terribles, criminales, que ella misma tiene miedo de confesarse, coge unas cuantas hojas y empieza a escribir. Va a ser una carta interminable. No la terminará esta noche ni al día siguiente, sólo la noche siguiente; en medio de un crimen, una persona lucha con su propia conciencia. En medio del cansancio más profundo, de la más extrema confusión se ha escrito esta carta, obra del aturdimiento y el agotamiento, en ella todo se entremezcla: la necedad y la más profunda sensatez, el grito, la cháchara vacua y la queja desesperada, los negros pensamientos vuelan en zigzag como murciélagos. Ora habla de tontos detalles, ora la angustia de su conciencia se arquea en un grito, relampaguea el odio, la compasión lo abate, y en medio afluye grande e hirviente el desbordante amor hacia ese único cuya voluntad la domina y cuya mano la empuja hacia ese abismo. Luego observa de pronto que se le ha terminado el papel. Y así sigue escribiendo, simplemente sigue, porque siente que el horror la ahogaría, el silencio la asfixiaría, si no se aferrase al menos con palabras a aquel al que está encadenado, la criminal al criminal, la sangre a la sangre. Pero mientras la pluma, en la temblorosa mano, corre como liberada sobre las hojas, ella se da cuenta de que todo lo que escribe no está dicho como quería decirlo, que no tiene fuerzas para frenar los pensamientos, para ordenarlos. Eso lo sabe al mismo tiempo en otra esfera de la conciencia, y por eso pide a Bothwell que lea dos veces la carta. Pero precisamente el hecho de que esa carta de tres mil palabras no haya sido pensada y escrita de forma clara y despierta, que los pensamientos sean confusos y balbucientes, como cuando se tienen los ojos cerrados, es lo que hace de ella un documento único de la historia del espíritu. Porque aquí no habla la persona consciente, sino el yo interior, salido de un trance de cansancio y de fiebre, aquí habla el subconsciente, al que normalmente nunca se escucha, el sentimiento desnudo, que ya no está envuelto en vergüenza alguna. Voces superiores y voces inferiores, pensamientos claros y otros que ni siquiera se atrevería a expresar en toda su veracidad se alternan en este estado desconcentrado. Ella se repite, se contradice al escribir, lo mezcla todo de manera caótica en este vapor y niebla de la pasión. Nunca o muy raras veces nos ha llegado una confesión en la que se revele de forma tan plena el estado de sobreexcitación espiritual, intelectual, que acompaña a un crimen… no, ni Buchanan ni Maitland, ninguna de esas cabezas simplemente inteligentes hubiera podido idear con su instrucción y astucia, con precisión tan mágica, el alucinado monólogo de un corazón trastornado, la escalofriante situación de la mujer que en medio de su acción no ve otra salvación de su conciencia que escribir y escribir a su amado para perderse, olvidarse, disculparse y explicarse, que se refugia en este escrito para no escuchar en el silencio su corazón latir tan furiosamente dentro del pecho. Una vez más, no se puede evitar pensar en lady Macbeth, vagando entre escalofríos en la oscuridad del palacio, también en camisón, asediada y agobiada por espantosos pensamientos, revelando su acción en un estremecedor monólogo sonámbulo. Sólo un Shakespeare, sólo un Dostoievski pueden escribir así; ellos y su más sublime maestro: la realidad.


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