Maria Estuardo
Maria Estuardo Qué tono grandioso, que alcanza hasta las últimas profundidades del corazón, ya en esta primera frase: «Estoy cansada y somnolienta, y sin embargo no puedo contenerme mientras me quede papel… Perdona que escriba tan mal, tendrás que intuir la otra mitad… Y, sin embargo, estoy contenta de poder escribirte mientras los otros duermen, porque siento que yo no podría por culpa de mi deseo que me empuja a tus brazos, vida mía». Con energía irresistible, describe cómo el pobre Darnley se alegró de su insospechada venida, con el rostro ardiente de fiebre y todavía enrojecido por la erupción. Ha pasado solo noches y días, roto el corazón porque ella, a la que adora en cuerpo y alma, le ha rechazado y abandonado. Y ahora está de pronto ahí, la amada, la joven, la hermosa mujer, de pronto vuelve a sentarse tiernamente en su lecho. En su alegría, el pobre tonto cree «estar soñando», y confiesa «ser tan feliz de verla que cree que va a morirse de alegría». Naturalmente, a veces arden dolorosas en él las viejas heridas de la desconfianza. Esta venida le parece demasiado insospechada, demasiado inverosímil, y, sin embargo, su corazón es demasiado pobre como para imaginar tan inmenso engaño, por más veces que ya se le haya engañado. Porque para un hombre débil es tan dulce creer, confiar, es tan fácil convencer a un hombre vanidoso de que es amado. No pasa mucho tiempo antes de que Darnley se vuelva débil, conmovido; completamente obediente, como entonces, en aquella otra noche que siguió al asesinato de Rizzio, el buen muchacho le pide perdón por todo lo que le ha hecho. «Tantos de tus súbditos han cometido errores y tú se los has perdonado, y yo soy tan joven. Dirás que ya me has perdonado a menudo y que siempre he vuelto a recaer en mis errores. Pero ¿no es natural que alguien de mi edad, mal aconsejado, recaiga dos o tres veces en sus errores, incumpla sus promesas y finalmente sólo sus experiencias le impongan contención? Si esta vez alcanzo tu perdón, juro que jamás volveré a cometer una falta. Y no pido otra cosa que poder vivir juntos como hombre y mujer en el hogar y el lecho, y si no quieres nunca me levantaré de esta cama… Dios sabe cuánto he sido castigado por haber hecho de ti un Dios y no pensar en otra cosa más que en ti.»