Maria Estuardo

Maria Estuardo

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Esta carta permite volver a mirar dentro de esa lejana estancia en sombras. María Estuardo se sienta a la cabecera del enfermo y oye esa explosión de su amor, esa inundación de su humildad. Ahora debería estar contenta, porque su plan ha salido bien, ha ablandado el simple corazón del joven. Pero se avergüenza demasiado de su engaño como para alegrarse, en mitad del hecho la ahoga la náusea ante lo miserable de su acción. Sombría, con ojos ausentes, con los sentidos trastornados, se sienta junto al enfermo, e incluso a Darnley le llama la atención que algo oscuro e incomprensible agobia a esa mujer amada. El pobre engañado traicionado trata aún —¡genial situación!— de consolar a la traidora, la embustera, quiere ayudarla, la quiere alegre, la quiere contenta, quiere hacerla feliz. Le implora que se quede con él esa noche en su habitación, vuelve a soñar, el loco infeliz, con el amor y la ternura. Es conmovedor sentir a través de esa carta cómo ese débil vuelve a aferrarse, crédulo, a ella, cómo se siente completamente seguro detrás de ella. No, no puede dejar de mirarla, disfruta inmensamente del placer de esa intimidad renovada de la que ha estado privado tanto tiempo. Le pide que le corte la carne, habla y habla y cuenta, en su torpeza, todos los secretos; menciona los nombres de todos sus enlaces y espías, confiesa, sin sospechar que ella está en cuerpo y alma en manos de Bothwell, su mortal odio contra Maitland y Bothwell. Y —se comprende— cuanto más confianzudo, cuanto más amante se revela, tanto más difícil hace a esta mujer traicionar al ignorante, al desvalido. Contra su voluntad, le conmueve la falta de resistencia, la credulidad de su víctima. Y tiene que violentarse para seguir representando esta despreciable comedia. «Nunca hubieras podido oírle hablar mejor y con más humildad, y si no hubiera sabido que su corazón es tan blando como la cera, y si no fuera el mío como un diamante, ninguna orden que no fuera de tu mano hubiera conseguido que no sintiera compasión de él.» Se ve que ella misma hace mucho que ya no siente odio contra ese pobre hombre, que la mira desde su rostro inflamado por la fiebre con ojos tiernos y hambrientos; ha olvidado todo lo que ese pequeño y tonto embustero le hizo antes, en lo más hondo de su ser le gustaría salvarlo. Por eso, con vehemente rechazo, devuelve la pelota a Bothwell: «Por mi propia venganza yo no lo haría». Sólo por su amor y a ningún otro precio llevará a cabo la espantosa crueldad de explotar la infantil confianza de este hombre, y de ella brota espléndido el grito acusador: «Me obligas a tal disimulo que yo misma estoy llena de espanto y de horror, y me haces representar el papel del traidor. Pero acuérdate de que si no fuera por obedecerte, preferiría morir. Mi corazón sangra».


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker