Maria Estuardo
Maria Estuardo Pero un esclavo no puede defenderse. Sólo puede gemir mientras el látigo le impulsa furibundo a avanzar. Y, con humilde lamento, ella vuelve a bajar la cabeza ante el señor de su voluntad: «¡Ay de mÃ! Jamás he engañado a nadie, pero todo lo hago por ti. EnvÃame una palabra diciéndome qué he de hacer, y me ocurra lo que me ocurra te obedeceré. Piensa también en si no puedes encontrar un procedimiento más secreto mediante la medicina, porque debe tomar medicinas y baños en Craigmillar». Se ve que por lo menos querÃa una muerte más suave para el infeliz, y evitar el burdo y grosero acto de violencia; si no estuviera tan fuera de sà y tan enteramente entregada a Bothwell, si todavÃa le quedaran fuerzas, una sola chispa de autonomÃa moral, se nota que ahora salvarÃa a Darnley. Pero no se atreve a desobedecer, porque teme con eso perder a Bothwell, con el que se ha comprometido, y al mismo tiempo teme también —genial psicologÃa, que ningún poeta podrÃa idear— que Bothwell pueda terminar despreciándola por aceptar tan miserables tratos. Implorante, alza las manos pidiéndole que «no la aprecie menos por esto, ya que él es la causa», y su alma se deja caer de rodillas en un último y desesperado llamamiento a que le compense con amor todo el tormento que ahora padece por él. «Lo sacrifico todo, honor, conciencia, dicha y grandeza, acuérdate de eso y no te dejes convencer por tu falso cuñado contra la más fiel amante que jamás has tenido ni tendrás. Y no la escuches tampoco a ella [la mujer de Bothwell] con sus falsas lágrimas, sino a mà y al acto de entrega que soporto para merecer su lugar, y en aras del cual engaño a todos, en contra de mi propia naturaleza. Que Dios me perdone y te conceda a ti, mi querido amigo, toda la dicha y la clemencia que te desea tu amante más fiel y sumisa, que pronto espera ser aún más tuya como recompensa a sus tormentos.» Quien oiga hablar en estas palabras al corazón atormentado de esta desdichada mujer no la llamará asesina, aunque todo lo que esta mujer hace en esos dÃas y noches sirve a un crimen. Porque se nota que mil veces más fuerte que su propia voluntad es su oposición, su repugnancia; quizá en algunas de estas horas esta mujer ha estado más próxima al suicidio que al crimen. Pero, fatalidad del sometimiento: quien ha entregado su voluntad ya no puede elegir su camino. Sólo puede servir y obedecer. Asà que avanza tambaleándose, sirvienta de su pasión, inconsciente y sin embargo cruelmente consciente sonámbula de sus sentimientos, hacia el abismo de su acción.