Maria Estuardo
Maria Estuardo Ese segundo dÃa, MarÃa Estuardo ha hecho ya todo lo que se le habÃa impuesto hacer; la parte más fina, la más peligrosa de la tarea ha sido felizmente resuelta. Ha apaciguado la sospecha en la mente de Darnley, el pobre, enfermo, tonto muchacho, que de pronto está alegre, seguro, tranquilo, contento, hasta feliz. Ya ensaya, aunque todavÃa débil, agotado y desfigurado por las marcas de la varicela, pequeñas ternuras con su esposa. Le gustarÃa besarla, abrazarla, y a ella le cuesta trabajo ocultar su repugnancia y contener su impaciencia. Obediente a los deseos de MarÃa Estuardo, exactamente igual de obediente que ella misma a las órdenes de Bothwell, se declara dispuesto, esclavo de una esclava, a regresar con ella a Edimburgo. Confiado, se deja llevar de su seguro castillo al carromato, con el rostro cubierto con un fino paño, para que nadie vea su desfiguración: ahora la vÃctima está por fin de camino a casa del matarife. Bothwell puede hacer el trabajo más sucio, el sangriento, y a ese hombre duro y cÃnico le resultará mil veces más fácil que a MarÃa Estuardo la traición a su conciencia.