Maria Estuardo
Maria Estuardo También un segundo signo podrÃa dar que pensar. Se supone que MarÃa Estuardo ya ha dado orden de volver a llevar su valiosa cama con mantas de piel de su dormitorio de Kirk o’Field a Holyrood. En sà misma la medida parece normal, porque durante esa noche de la fiesta la reina no dormirá en Kirk o’Field, sino en Holyrood, y al dÃa siguiente la separación habrá terminado. Pero esa cautela de trasladar tan aprisa la valiosa cama tendrá una peligrosa interpretación o malinterpretación en virtud de los acontecimientos. Por el momento, a lo largo de la tarde, no se aprecia el más mÃnimo indicio de sombrÃos acontecimientos o verdadero peligro, y el comportamiento de MarÃa Estuardo es todo lo normal posible. Durante el dÃa visita con sus amigos al esposo ya casi curado, por la noche se sienta, muy sociable, con Bothwell, Huntly y Argyll, entre sus servidores, en el cÃrculo de los invitados a la boda. Pero, qué conmovedor: una vez más —qué llamativamente conmovedor—, aunque Darnley regresará a la mañana siguiente a Holyrood, ella vuelve en la frÃa noche de invierno a la abandonada casa de Kirk o’Field. Interrumpe ex profeso la alegre fiesta para sentarse un poco junto al lecho de Darnley y charlar con él. MarÃa Estuardo se queda hasta las once de la noche —hay que fijarse bien en la hora— en Kirk o’Field, sólo entonces regresa a Holyrood: ampliamente visible en la noche oscura, la cabalgata reluce y arma ruido con sus antorchas, luces y risas. Las puertas se abren, todo Edimburgo tiene que haber visto que la reina ha regresado, después de su atenta visita a su esposo, a Holyrood, donde entre violas y gaitas baila la servidumbre. Una vez más, la reina se mezcla amable y locuaz entre los invitados a la boda. Sólo después, es ya pasada medianoche, se retira a dormir a sus aposentos.