Maria Estuardo
Maria Estuardo A las dos de la mañana, la tierra tiembla. Una terrible explosión, «como si se hubieran disparado veinticinco cañones a la vez», estremece el aire. Y enseguida se ve, a toda prisa, figuras sospechosas que vienen de la dirección en que está Kirk o’Field: algo violento tiene que haber ocurrido en casa del rey. El espanto y la excitación se apoderan de la ciudad arrancada del sueño. Sus puertas se abren. Los mensajeros se precipitan hacia Holyrood a comunicar lo ocurrido: la casa solitaria de Kirk o’Field ha volado por los aires, con el rey y todos sus servidores. Bothwell, que se hallaba presente en la celebración de la boda —es evidente que para tener una coartada, mientras su gente preparaba la acción—, es despertado de su sueño, o más bien sacado de la cama en la que aparentaba dormir. A toda prisa, se viste y corre con gente armada al lugar del crimen. Se encuentran los cadáveres de Darnley y su criado, que dormÃa en su cuarto, vestidos tan sólo con una camisa, en el jardÃn, la propia casa ha sido destruida completamente por una explosión de pólvora. Bothwell se conforma con esa constatación, en apariencia muy sorprendente e indignante. Como conoce los verdaderos hechos mejor que ningún otro, no se toma más molestias en desvelar toda la verdad. Ordena meter los cadáveres en ataúdes y regresa al castillo después de media hora escasa. Y allà se comunica a la reina, despertada también de su ignorante sueño, el hecho desnudo de que su esposo, el rey Enrique de Escocia, ha sido asesinado de forma incomprensible por autor o autores desconocidos.