Maria Estuardo

Maria Estuardo

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María Estuardo —y esto no disminuye, sino que realza su figura— no está a la altura de la situación criminal a la que le ha llevado su obediencia a Bothwell porque, aunque criminal, lo ha sido únicamente por la irresponsabilidad de su pasión; no por su voluntad, sino por voluntad ajena. No ha tenido fuerzas para evitar a tiempo la desgracia, y ahora, después del hecho, le falla por entero la voluntad. Hay dos cosas que podría hacer: o separarse, decidida y asqueada, de Bothwell, que ha hecho más de lo que ella quería interiormente, distanciarse pues del hecho, o ayudar a encubrirlo; pero para eso tendría que fingir y aparentar dolor, para apartar la sospecha de él y de ella. En vez de eso, María Estuardo hace lo más absurdo, lo más necio en una situación tan sospechosa: nada. Se queda rígida y muda, y se traiciona precisamente por su perplejidad. Como uno de esos juguetes mecánicos que, una vez se les ha dado cuerda, ejecutan de forma automática cierto número de movimientos prescritos, durante el trance de su subordinación ha hecho sin voluntad todo lo que Bothwell exigió de ella; ha viajado a Glasgow, ha apaciguado a Darnley, se lo ha traído con halagos. Pero ahora la cuerda se ha acabado, la fuerza se acaba. Precisamente ahora, cuando tenía que ser la actriz de sus sentimientos para convencer al mundo, deja caer la máscara, cansada; una especie de petrificación, una terrible rigidez del alma, una incomprensible indiferencia ha caído sobre ella; sin voluntad, deja que la sospecha se abata sobre ella como una espada desenvainada.


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