Maria Estuardo
Maria Estuardo Este curioso fenómeno de rigidez espiritual, de que justo en el momento en que serÃa más necesario el disimulo, la defensa y la prontitud intelectual, el entero ser de la persona amenazada se congele en una absoluta pasividad e indiferencia, no es en sà mismo nada inusual. Esta rigidez del alma es un necesario retroceso de su excesiva tensión, una pérfida venganza de la Naturaleza contra todos los que superan su medida. Todas las demonÃacas fuerzas de la voluntad de Napoleón desaparecen la noche de Waterloo, se queda allà sentado mudo y quieto y no toma ninguna medida, aunque precisamente en ese momento de la catástrofe es cuando serÃa más necesaria. De pronto, todas las fuerzas han huido de él como el vino de un tonel agujereado. De igual modo se encierra en sà mismo Oscar Wilde poco antes de ser detenido; sus amigos le han advertido de que aún tiene tiempo, tiene dinero, puede coger el tren y cruzar el canal. Pero también a él le ha acometido la rigidez, se queda sentado en la habitación de su hotel y espera y espera no se sabe qué, si el milagro o la aniquilación. Sólo a partir de tales analogÃas —y hay miles de ellas en la Historia— puede explicarse la conducta de MarÃa Estuardo, su conducta absurda, necia, provocativamente pasiva en esas semanas, la conducta que la hace sospechosa. Porque hasta que ocurrió el crimen nadie podÃa intuir que se entendiera con Bothwell, la visita a Darnley pudo pasar de hecho por un deseo de reconciliación. Pero inmediatamente después del crimen la viuda del asesinado queda bajo el foco de la atención pública, ahora la inocencia tiene que manifestarse de forma evidente o ha de incrementarse el disimulo hasta la genialidad. Sin embargo, un terrible asco ante esas mentiras e hipocresÃas tiene que haberse apoderado de esa desdichada mujer. En vez de defenderse de la sospecha, al fin y al cabo justificada, su total indiferencia la hace a los ojos del mundo quizá aún más culpable de lo que realmente era. Como una suicida que se arroja al abismo, cierra los ojos para no ver, para no sentir, buscando ya tan sólo el final en el que ya no existe el tormento del pensamiento y la reflexión, sólo la nada, sólo la ruina. En pocas ocasiones registra la criminologÃa una imagen patológica más completa de un criminal pasional, que ha agotado sus fuerzas en el acto y se desploma con él. Quos deus perdere vult… Los dioses confunden los sentidos de aquellos a los que quieren perder.