Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Más o menos así tenía que ser la actitud de una esposa sinceramente sorprendida, verdaderamente ignorante y amante. Y por otra parte, de forma paradójica pero lógica, una mujer cómplice tendría por lo menos que aparentar por cálculo tal sentimiento, porque ¿qué salvaguarda más de la sospecha a un criminal que hacerse el inocente y el ignorante después del hecho? En vez de eso, tras el crimen María Estuardo muestra una indiferencia tan espantosa que tiene que resultar llamativa incluso al mejor dispuesto hacia ella. No se ve nada de la excitación, de la lúgubre furia que la animó cuando asesinaron a Rizzio, nada de la melancólica actitud que sucedió a la muerte de Francisco II. No escribe en memoria de Darnley, como para su primer esposo, una conmovedora elegía, sino que, pocas horas después de dársele la noticia, firma ya con pleno autodominio sinuosos escritos a todas las cortes en las que se da al mundo una explicación del crimen, por supuesto encaminada tan sólo a apartar toda sospecha de ella. En esa curiosa exposición se falsifican conscientemente los hechos como si el atentado no se dirigiera contra el rey, sino en primer término contra ella misma. Según esta versión oficial, los conspiradores creían que ambos esposos pernoctaban en Kirk o’Field, y sólo el azar de haber salido de la casa para asistir a las celebraciones de la boda había salvado a la reina de saltar por los aires junto con el rey. Sin que la mano le tiemble ante la mentira, María Estuardo firma, obediente: «La reina no sabe quiénes son los autores de este crimen, pero confía en el esfuerzo y el celo de su Consejo para que lo investigue, y tiene la intención de hacer un escarmiento que servirá de ejemplo para todos los tiempos».


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