Maria Estuardo
Maria Estuardo Tan fantástico plan sólo podrÃa surgir de una desesperación última y sin escapatorias. Sólo la aberración podrÃa dar a luz tal aberración. Incluso MarÃa Estuardo, normalmente valiente y resuelta en los momentos decisivos, retrocede estremecida cuando Bothwell le propone esa trágica farsa. «Quisiera estar muerta, porque veo que todo va a salir mal», escribe la atormentada. Pero sea lo que sea lo que los moralistas puedan pensar acerca de Bothwell, sigue siendo el mismo en su espléndida audacia de desesperado. En absoluto le asusta tener que hacer de pillo desvergonzado ante toda Europa, de violador de una reina, de salteador de caminos que se pone con cinismo por encima de la ley y las costumbres. Aunque le estuviera esperando el Infierno, no es hombre para detenerse a mitad de camino cuando está en juego una corona. No hay peligro ante el que tiemble, y no se puede menos de pensar en el Don Juan de Mozart, en su ademán audaz y descarado cuando desafÃa a la mortal cena al comendador de piedra. Junto a él tiembla su Leporello, su cuñado Huntly, que ha aceptado a cambio de unas cuantas prebendas el divorcio de su hermana de Bothwell. A ese hombre menos atrevido le horroriza esa loca comedia, corre a ver a la reina e intenta disuadirla. Pero a Bothwell le es indiferente que haya una persona más en contra suya, después de tan abierto desafÃo al mundo entero; tampoco le asusta que el plan de asalto haya sido ya probablemente revelado —el espÃa de Isabel lo comunica a Londres un dÃa antes de que se lleve a efecto—, no le preocupa en absoluto que el rapto se considere auténtico o fingido si le acerca a su meta de ser rey. Lo que quiere lo hace —a pesar de la Muerte y a pesar del Diablo—, y aún tiene fuerzas para arrastrar consigo a la reina, que no quiere hacerlo.