Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Ahora que los otros han hecho todo el trabajo burdo y sucio, Moray, el hombre del juego fino, puede regresar como triunfador. Una vez más, su pérfida política de mantenerse en segundo plano cuando hay que tomar decisiones peligrosas ha demostrado su eficacia. Estuvo ausente durante el asesinato de Rizzio, durante el de Darnley, no ha participado en la sublevación contra su hermana: ninguna mancha ensucia su lealtad, ninguna sangre sus manos. El tiempo lo ha hecho todo por este hombre inteligentemente ausente. Como sabe esperar y calcular, todo aquello a lo que aspiraba se le otorga del modo más honroso y sin esfuerzo. Unánimemente, los lores le ofrecen la regencia como al más inteligente de entre ellos.

Pero Moray, nacido para gobernar porque sabe dominarse, en modo alguno la aferra ansioso. Es demasiado inteligente como para dejar que hombres sobre los que después quiere gobernar le entreguen semejante dignidad como si fuera un don. Además, quiere evitar la impresión de que él, el hermano amante y sumiso, reclama un derecho que ha sido arrebatado por la fuerza a su hermana. Es ella —golpe psicológico maestro— la que debe imponerle esa regencia: quiere que las dos partes le nombren y le nieguen, los lores rebeldes y la reina destronada.



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