Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Durante toda la noche, Moray deja a su hermana en el purgatorio de ese miedo; el terrible veneno de la inseguridad que le ha administrado debe arder hasta el fondo de ella. Esa mujer, embarazada, ignorante de los acontecimientos del mundo exterior —se ha negado el derecho de visita a los embajadores extranjeros—, no sabe lo que le espera, si la acusación o el tribunal, el oprobio o la muerte. Pasa la noche en vela, y a la mañana siguiente su resistencia está completamente quebrada. Entonces Moray empieza poco a poco a administrarle suavidad. Indica, cauteloso, que en caso de que no haga ningún intento de huir o entenderse con potencias extranjeras, y sobre todo si no sigue aferrándose a Bothwell, quizá —quizá—, lo dice con tono inseguro, aún se podría intentar salvar su honor ante el mundo. Ya este tímido brillo de esperanza anima a esta mujer apasionada y desesperada. Se arroja en los brazos de su hermano, le ruega, le implora que asuma la regencia. Sólo entonces su hijo estará seguro, el reino bien administrado y ella misma fuera de peligro. Ruega y ruega, y Moray se hace rogar largo tiempo y delante de testigos antes de aceptar por fin, generoso, lo que ha venido a buscar de su mano. Ahora puede marcharse satisfecho, María Estuardo se queda consolada, porque ahora que sabe el poder en manos de su hermano puede esperar que aquellas cartas se mantengan secretas y por tanto su honor quede a salvo ante el mundo.


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