Maria Estuardo
Maria Estuardo Pero no hay compasión para los indefensos. En cuanto Moray tiene el poder en sus duras manos, lo primero que hace es impedir para siempre el retomo de su hermana: como regente, tiene que liquidar moralmente a la incómoda pretendiente. Ya no cabe hablar de libertad de la prisión, al contrario, se hace todo lo necesario para mantener permanentemente presa a María Estuardo. Aunque ha prometido tanto a Isabel como a su hermana proteger su honor, tolera que el 15 de diciembre, en el Parlamento escocés, las cartas comprometedoras y los sonetos de María a Bothwell sean sacadas de la arqueta de plata, leídas en voz alta, cotejadas y reconocidas unánimemente como de puño y letra de la reina. Cuatro obispos, catorce abades, doce condes, quince lores y más de treinta miembros de la pequeña nobleza, entre ellos varios amigos cercanos de la reina, corroboran con su honor y su juramento la autenticidad de las cartas y sonetos; ni una sola voz, ni siquiera de sus amigos —importante hecho—, plantea la más mínima duda, y con ello la escena se convierte en tribunal: invisible, la reina es sometida a juicio por sus súbditos. Todo lo ilegal que ha ocurrido en los últimos meses, la sublevación, el apresamiento, se convierte en legal después de la lectura de las cartas, se declara expresamente que la reina merece su destino, porque ha tenido «arte y parte» en el asesinato de su legítimo esposo, y esto «queda demostrado por las cartas que escribió de su puño y letra, antes y después de la ejecución del hecho, a Bothwell, el principal autor de ese crimen, así como por ese indigno matrimonio inmediatamente después del crimen». Para que el mundo entero tenga noticia de la culpa de María Estuardo y todos sepan que los leales y honrados lores sólo se han convertido en rebeldes por pura indignación moral, se envían copias de las cartas a todas las cortes extranjeras; con eso, María Estuardo ha quedado marcada públicamente con un sello de infamia. Y con esa roja marca en la frente, es lo que esperan Moray y los lores, nunca más se atreverá a reclamar la corona para su culpable cabeza.