Maria Estuardo
Maria Estuardo Pero María Estuardo está demasiado amurallada en su real seguridad en sí misma como para que el insulto o la vergüenza puedan humillarla. Ninguna marca, siente, puede deformar una frente que ha ceñido la corona y que está ungida con el santo óleo de la vocación. Ninguna sentencia y ninguna orden le harán inclinar la cabeza; cuanto mayor sea la violencia con la que se le quiera imponer un destino pequeño y carente de derechos, tanto mayor será la decisión con la que se resista. Semejante voluntad no se puede encerrar a la larga; rompe todos los muros, desborda todos los diques. Y si se la encadena, sacudirá impetuosa las cadenas, haciendo temblar los muros y los corazones.