Maria Estuardo
Maria Estuardo Sólo Shakespeare habrÃa podido representar las oscuras y trágicas escenas de la tragedia de Bothwell; la romántica y conmovedora del epÃlogo en el castillo de Lochleven la ha compuesto otro inferior, Walter Scott. Y, sin embargo, para quien la haya leÃdo de niño seguirá siendo interiormente más cierta que la verdad histórica, porque en algunos casos raros y agraciados la hermosa leyenda triunfa sobre la realidad. ¡Cuánto hemos amado, cuando éramos jóvenes y apasionados, estas escenas, cómo las hemos acuñado, plásticas, en nuestro ánimo, cómo han llenado de compasión nuestra alma! Porque todos los elementos de ese estremecimiento romántico estaban por asà decirlo ya preparados en especie; ahà están los feroces guardianes que vigilan a la inocente princesa, los calumniadores que manchan su honor, ahà está ella misma, joven, bondadosa y bella, transformando por arte de magia en suavidad el rigor de sus enemigos, embriagando los corazones de los hombres para que le presten caballeresca ayuda. Y romántico, igual que el motivo, es también el escenario: un castillo sombrÃo en medio de un apacible lago. Desde su azotea, la princesa puede bajar la mirada velada hacia su hermoso paisaje escocés, con sus bosques y montañas, su encanto y su apacibilidad, y en alguna parte se agita a lo lejos el mar del Norte. Toda la fuerza poética que alberga el corazón del pueblo escocés podrÃa reunirse cristalino en tomo a este romántico instante del destino de su amada reina, y, una vez creada, semejante leyenda penetra profunda e indisolublemente en la sangre de una nación. Cada generación la cuenta y certifica, echa año tras año nuevas hojas, igual que un árbol inmarcesible, y al lado de esa verdad superior yacen pobres y despreciados los documentos de papel de los hechos, porque lo que una vez se creó con belleza conserva sus derechos por su belleza. Y más adelante, cuando uno se ha vuelto más maduro y más desconfiado e intenta encontrar la verdad que hay detrás de esa leyenda conmovedora, resulta sobria hasta lo blasfemo, como si se escribiera el contenido de un poema en prosa frÃa y seca.